Los orgasmos no miden la intensidad de nuestros deseos ni la intensidad de nuestro amor. Tampoco la intensidad del placer. De hecho, hay muchas parejas que se gustan o se aman profundamente pero no tienen orgasmos. Esto sucede por muchas razones, y ninguna de ellas es en realidad un problema sino pequeñas dificultades que surgen en el camino y que irán desapareciendo, precisamente, si no las planteamos como problemas. Y es que, a menudo, en el encuentro con el otro nos ponemos nerviosos, o nos dispersamos, o todavía no sabemos bien cómo hacer las cosas a nuestro gusto. Y hay personas que, simplemente, no le dan demasiada importancia al orgasmo y prefieren otros placeres.

El orgasmo es la expresión de un alto grado de excitación. Simplemente. Es decir que, para tenerlos, tenemos que estar muy excitados. Y para eso hace falta dedicar tiempo a que los estímulos (miradas, caricias, palabras, abrazos, ambiente, intimidad…) produzcan su efecto. Conviene que contemos con que no siempre reaccionamos con la misma intensidad a lo que nos gusta. Ni siquiera con igual rapidez. Y es que tanto el cuerpo como la mente toman sus propias decisiones sin tener en cuenta nuestros planes. El orgasmo, a menudo, juega a “atrápame si puedes”.

No manifiesta nuestra capacidad de sentir placer: solo nos indica que nos hemos excitado mucho, y esto último depende de tantos detalles impredecibles… Sin embargo, hemos convertido el orgasmo en una meta porque creemos que expresa muchas cosas (que, en realidad, no tienen que ver con él). Así, nos parece que es la consecuencia del amor, del deseo, de la capacidad erótica, incluso de la modernidad y la liberación… Es verdad que el orgasmo femenino, a mediados del siglo XX, parecía indicar que las mujeres habían conquistado nuevas libertades. Pero ahora ha adquirido el carácter de obligación, y no olvidemos que lo obligatorio no juega en la liga de los placeres.

A propósito, el orgasmo no es la máxima expresión del placer: todo depende de lo que le apetezca a cada uno en cada momento. A veces nos resulta mucho más deseable la suavidad de una buena dosis de caricias o el estímulo de una animada conversación en vez de la electricidad de un orgasmo. Y, en esos momentos, “obligarnos” a conquistarlo parece más un inconveniente que una gran satisfacción. El orgasmo no siempre es la opción que más apetece.

¿Y cómo conseguir orgasmos más intensos? Posiblemente, dejando de obligarnos a tenerlos. Disfrutemos de la compañía del otro, del encuentro y las emociones que genera, entreguémonos a lo que nos está pasando. Y si los orgasmos vienen, pues bien. Y si no, pues también. Hay muchas y emocionantes maneras de disfrutar intensamente de la cálida intimidad que no son ese famoso “clímax” obligatorio.

Sí, se aprende a tener orgasmos… y eso requiere tiempo. Se trata de ir descubriendo qué es lo que nos excita y lo que no. Numerosas mujeres se preocupan porque encuentran dificultades en alcanzar el orgasmo con parejas a las que conocen poco; creen que tienen un problema. No es así: muchas necesitamos tiempo y confianza para sentirnos bien en esa entrega. La intimidad no se improvisa en una noche. Y es que algunas cosas buenas de la vida son el resultado de una curiosa mezcla: lo que nos trae el azar… y el tiempo que les dedicamos.

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