Los hijos son una alegría, pero quitan mucha intimidad a la pareja. “Embargo erótico” lo llama la sexóloga belga Esther Perel. Paradójicamente, la supervivencia de la familia depende de la felicidad de los padres. Y esta, en parte, de ese espacio emocionante y único que crean las relaciones íntimas. Ay, pero qué difícil es hacer compatibles nuestros papeles de padres y de amantes… Nos volcamos tanto en las necesidades de nuestros pequeños, y en el sinfín de urgencias que rige nuestra vida, que acabamos perdiendo grandes dosis de libertad y de independencia. Y para desear hay que ser libre y mantenerse en contacto con lo que necesitamos.

Por supuesto que las parejas pueden vivir sin encuentros amorosos… siempre que ambos estén de acuerdo en ello. Pero, ¿qué sucede si uno de los dos los anhela pero nunca los consigue? Es posible que tarde o temprano acabe buscando esa intimidad erótica en otro lugar.

Por eso soy una firme defensora de planificar los encuentros. Sí: de tener citas con la persona con la que convivimos, de acordar unas horas a la semana (seguidas, por supuesto) “para nosotros dos solos”. Se trata de marcar en la agenda un día determinado en un momento determinado. Cada semana o cada quince días. Por ejemplo, los viernes al mediodía hasta que los niños salgan del cole. O todos los jueves por la noche (si es necesario, se crea un presupuesto para una au pair; mantener la pareja debería ser una prioridad). O el sábado por la mañana, con los peques en casa de los abuelos. A veces basta con apagar la tele cuando los hijos ya se han dormido, compartir una copa de vino y dejarse llevar…

Planificar parece frío, lo sé. Pero no lo es: programar expresa la intención de mantener un vínculo erótico, de salirse del rol de padres para introducirse en el de protagonistas de una historia romántica. Por eso, hay que organizarse, como los novios que quedan con la simple intención de estar juntos.

Porque no se trata de quedar para irse a la cama, ya que el deseo no se puede planificar ni forzar: tener relaciones solo porque hay que hacerlo es muy poco estimulante. El objetivo es disfrutar de estar juntos y aprovechar ese rato de libertad para prestarse atención uno a otro: escuchar, halagar, reír, recordar buenos momentos, provocar… En síntesis: mantener encendida la llama. Eso nos hace sentir deseados, algo que a su vez despierta nuestros deseos y que poco a poco puede conducirnos hasta el dormitorio.

Por otro lado, tener una cita con nuestra pareja nos ayuda a recuperarnos como mujeres, ya que dedicamos tiempo a escoger la ropa, a depilarnos, a maquillarnos… Esos simples gestos nos recuerdan que no solo somos madres y que nuestro compañero no es solo padre, sino que es un hombre, que un día lo escogimos y que nos gusta sentirnos atractivas ante él.

Se trata de cultivar la intimidad, de crear ese ambiente en el que, aunque sea despacio, volver a ser pareja sin dejar de ser esos padres que adoran a sus hijos.

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