El mundo de los encuentros eróticos se rige por la regla de que nada ha de ser obligatorio. Porque, en esa emocionante búsqueda del otro, lo que nos fascina es el sinfín de posibilidades que se presenta ante nosotros. Pueden suceder muchas cosas, y eso actúa como un poderoso estímulo que dispara dos reacciones que suelen caminar de la mano: nuestra imaginación y nuestros deseos.

Por eso, si queremos conquistar, lo mejor es no imponernos. Es preferible trazar un recorrido sutil y sinuoso que, como en un minué, a veces nos sitúa más cerca del otro y a veces más lejos. Los pasos, mejor pequeños pero cargados de intención: una mirada larga, una sonrisa, un leve toque. Mensajes que dicen “hay algo en ti que me gusta” y que se presentan como un sugerente convite, nunca como una invasión. Una vez recorrido el primer tramo, podemos ir más allá y mostrar más interés. Entonces es el momento de dar pasos más grandes y preguntar por cuestiones personales, la opinión sobre ciertos aspectos, los gustos, el momento vital, el estado de ánimo… En resumen, evidencias de otro atractivo mensaje: “Quiero saber muchas cosas de ti”.

Porque para seducir, el primer paso es hacer que el otro se perciba deseado. Esa agradable perspectiva, la de comprobar que gustamos, suaviza la vulnerabilidad que a menudo sentimos en el encuentro con el otro. Una vulnerabilidad inherente al ser humano y que se disipa, en parte, cuando nos sabemos ansiados. Hacer que el otro se sienta fortalecido por nuestro deseo tendrá un efecto de imán sobre él, y lo acercará a nosotros.

En ese vaivén que es la seducción, se trata de avanzar y detenerse y observar el efecto que eso provoca. Si somos bien recibidos, adelantémonos un poco más o alejémonos, y comprobemos otra vez qué pasa. Es un juego de movimientos cortos, de detalles. Y es que la atracción se forja en un recorrido delicado que se detiene en lo pequeño mientras deja un amplio espacio para la libertad.

Cuando hemos establecido con el otro un vínculo algo más íntimo, y él o ella ya se saben deseados, hay otro mensaje que podemos hacerle llegar con nuestra actitud: “Quiero agradarte, me gusta que te sientas bien a mi lado”. Ese propósito despierta un sinfín de sensaciones que crean lazos entre ambos. En unas ocasiones, esos lazos llegan a ser fuertes y duraderos. En otras son más leves y se prolongan durante un breve espacio de tiempo. Pero la duración no es, quizás, lo importante en este juego de atraernos y alejarnos. Lo importante es eso que sucede mientras nos deseamos.

Porque, no hay duda de ello, el placer no es un momento; es un proceso.

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