Exclamamos sin pudor «¡qué aire hace hoy!» y al emitir nuestra queja damos patadas al diccionario. Lo hacemos sin querer, lo sé, pero ese enunciado es una redundancia.

Porque aire es lo que respiramos a diario, esa capa gaseosa que rodea la tierra, en la que vuelan abejorros, aviones, briznas de polvo y partículas de un elemento impasible: el argón. La cualidad que define a este gas es que no reacciona: puedes hacerle de todo, que no se modifica. Como el diccionario, que recibe patadas y patadas y ahí sigue tan pancho… O sea, que el aire no despeina, como no despeina escuchar una palabra ni acercarse a un cristal esmerilado.

Pero el viento es otra cosa. El viento es el aire en movimiento, es una corriente de aire, flemáticos argones incluidos en ese caos desaforado. El viento arremete, agita las melenas, arranca árboles, tumba muros, hincha velas, provoca oleaje.

O sea, que aire y viento no son lo mismo. Y para que no te olvides, ahí va un truco cacofónico:

                    Aire, siempre hay. Pero el viento viene y va

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