Los hombres hacen grandes esfuerzos para cumplir las expectativas que se tiene sobre ellos. Eso significa que, en términos generales, procuran ajustarse al papel que se les ha asignado durante siglos: rendir, competir, ser audaces y eficaces. En suma, actuar. Las mujeres, por nuestra parte, también nos adaptamos a un modelo centenario, pero el nuestro se centra en la conversación, no en la acción. Por eso somos capaces de describir al detalle y durante horas lo que nos sucede. Es decir que, con ligeras variaciones y numerosas peculiaridades, la narrativa masculina es corporal y la femenina es verbal.

Eso puede añadir dificultades a la vida en pareja. Y es que, para resolver un problema, nosotras necesitamos hablar y ellos necesitan actuar. Por ejemplo, cuando durante una discusión no saben qué decir, su solución consiste en hacer el amor o salir a practicar running. Por el contrario, las mujeres, ante los conflictos de pareja, nos empeñamos en usar la herramienta que nos parece más idónea para dar con la solución: la palabra. Pero a ellos, esta no les genera la intimidad que nosotros esperamos. Su reacción más frecuente es no saber qué decir. Y en respuesta a nuestro “tenemos que hablar” solemos obtener el bloqueo de nuestros hombres. Entonces nos quejamos con los típicos “nunca hablamos de esto”, “no me escuchas”, “¿no tienes nada que decir?”.

Pero ellos sí dicen, aunque lo hacen a su manera. Y no está de más que nosotras, las mujeres, nos esforcemos en entender su lenguaje. Porque es rico y valioso. Y porque es el complemento perfecto del nuestro. Ellos hablan con la acción… y no solamente sobre la cama. También hacen cosas agradables para nosotras, crean proyectos que nos unen, escogen el vino, arreglan los grifos, programan nuestro portátil, organizan viajes, nos hacen reír. Incluso un clásico: nos regalan flores. Son situaciones para las que, quizás, en realidad no los necesitamos. Pero es emocionante tenerlos allí, hablándonos de sus sentimientos con su lenguaje no verbal.

Creo firmemente que los hombres son un antídoto magnífico para nuestra verbalización desmedida. Que podemos aprender de ellos algo que necesitamos: ceder el turno al cuerpo como comunicador de sentimientos, hacer que sea él quien se exprese, demostrar en lugar de decir. Es algo muy liberador que, además, nos facilita la conexión con los hombres. Y, aunque el territorio de las palabras tiene un enorme valor en las relaciones, no es lo único que alimenta la vida de las parejas. Lo cotidiano, hacer cosas con el otro o para el otro, construye más intimidad que una disertación sobre el amor… a las que somos tan proclives y en las que a veces las mujeres naufragamos.

Pin It on Pinterest