Leemos o escuchamos con frecuencia en los medios de comunicación invitaciones a liberarnos sexualmente. La propuesta se identifica con probar de todo, hablar de todo, atreverse con todo (o casi), no tener tabús, dejar de identificar sexo y amor, compartir secretos íntimos… En resumen, desinhibirse.

Esta invitación deja de lado algo fundamental cuando hablamos de erotismo y amatoria: las ganas. Ya que para probar, hacer, decir o atreverse solo hace falta algo: que te apetezca. Sin embargo, esos medios de comunicación nos hacen pensar que si algo de lo que ellos nos proponen no nos atrae, es porque todavía nos falta un largo camino hacia una meta suprema: la liberación.

No caigamos en la trampa: ajustarse a un modelo que no suscita nuestros deseos no es liberarse; es adoptar un estereotipo. Y ajustarnos a un modelo “liberado” para demostrarnos que no somos anticuadas, reprimidas, o lo que sea que se supone que somos si nos dejamos llevar por nuestras restricciones, es someterse a ese modelo. Y someterse al modelo de la liberación no es liberarse: es dejarse adiestrar.

Y es que no podemos decidir sobre lo que nos gusta o sobre lo que no nos va. Los deseos no se escriben en el capítulo de lo racional sino en el de las emociones profundas y poderosas. Es en esas emociones auténticas donde nos encontramos con nosotras mismas y con el otro, donde podemos conocernos de verdad y compartirnos. Y eso sí es liberador.

Masters y Johnson, matrimonio investigador de la sexualidad humana, escriben en su libro El vínculo del placer que “el sexo funciona naturalmente cuando es algo que se vive y no que se hace”. También afirman que “los principios generalizados no sirven como guías del comportamiento sexual humano; lo que puede ser válido para una persona puede no serlo para otra”. Entonces, dejémonos de reglas, más aún si vienen de personas que no son expertos en la materia.

Si nuestras restricciones en la cama nos hacen sentir seguras y confiadas, si son ellas justamente lo que nos permite dejarnos llevar y expresar quienes realmente somos, ¿qué razones puede haber para eliminarlas de nuestros encuentros? Ellas actúan como garantía para que encontremos los placeres allí donde nos gusta buscarlos.

No existe una única manera de degustar una manzana o de disfrutar una puesta de sol. Ni siquiera puede decirse que haya una forma de hacerlo que es mejor que otra. Cada uno tiene la suya, la que le va, y todas son igualmente valiosas. Del mismo modo, disfrutar de las caricias en un espacio de intimidad es algo completamente personal: nadie tiene derecho a decirnos cómo nos debemos sentir ni qué tendríamos que hacer. Como mucho puede informarnos, pero para ello es necesario que esté muy bien formado en la materia.

Nadie debería asumir la tarea de anular nuestras singularidades. Ni siquiera en nombre de una pretendida liberación.

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