El libro, primero, y después la película han desatado la curiosidad por el BDSM. Cincuenta sombras de Grey gira en torno a estas siglas que expresan el interés por el bondage (ataduras), la dominación, el sadismo y el masoquismo. No hablamos de perversiones sino de juegos en la amatoria. Porque se trata de eso: de jugar, de establecer un acuerdo entre dos adultos que dan su permiso para ser dominados y dominar mientras ambos disfrutan con ello.

La historia entre Anastasia Steele y Christian Grey ha sacado del armario la pasión por las prácticas eróticas que incluyen el dolor y la pasividad. Quienes se sienten atraídos por mezclar sufrimiento y excitación, por fin saben que no son unos bichos raros: la obra de E.L. James ha dado un aire de glamour y modernidad a sus deseos. Y ha aportado al BDSM la carga romántica que la palabra “perversión” le negaba. Por fin, hombres y mujeres que se aman, se gustan y se respetan mutuamente pueden guardar en las mesillas de sus dormitorios un par de esposas sin que ello resulte demasiado escandaloso.

Ese es el lado luminoso de las sombras. Ahora viene el oscuro. Porque, como en las dietas rápidas, puede surgir el efecto rebote. Es decir, que debido a que se han puesto de moda los gustos del refinado Grey, habrá quien te llame anticuada y estrecha si lo de los latigazos no te va demasiado. Ese es el problema de utilizar modelos cuando nos referimos a los deseos: que siempre hay quien se queda fuera. Lo de “café para todos” no funciona en la cama. Porque ni tú ni nadie puede decidir que te guste esto o lo otro. Es más, casi siempre cuanto más nos empeñamos, menos nos apetece lo que se supone que nos tiene que apetecer. Las cosas de Eros son así, escurridizas y libres.

Pero hay más: los feminismos. Necesarios defensores de los derechos sociales de las mujeres, a menudo están fuera de lugar cuando se introducen en nuestra alcoba ya que el erotismo juega en la liga de lo íntimo. Que te excite que un hombre te domine entre las sábanas no significa que le des permiso para que te humille fuera del colchón. ¿Le gusta atarte? Eso no implica que sea un maltratador ni tú una víctima, como así sugieren algunas feministas. Hablamos de sexualidad, de una autenticidad libre, y no de derechos civiles en los que el comportamiento de las personas debe estar regulado. Son dos apartados muy distintos, en ocasiones antagónicos.

Y, no lo olvidemos, Cincuenta sombras de Grey es un producto de consumo. Escrito por una guionista de televisión, hija y esposa de sendos guionistas de televisión, está escrito con la pericia de quien sabe enganchar a la audiencia. Contiene esos ingredientes que comparten Juego de Tronos o Los Soprano: pasión, lealtad, ambición, miedo, morbo, amor, violencia… No es de extrañar que genere tanta fascinación; ha sido escrito con enorme habilidad. Porque la autora del best-seller ha introducido en la trama un elemento “prohibido” entre un sinfín de valores tradicionales, con el objeto de que su obra sea transgresora pero muy comercial. Porque Anastasia es virgen y Christian experimentado, ella es pobre y él es rico, los encuentros amorosos siempre incluyen la penetración, hay un compromiso de por medio… En realidad, 50 sombras de Grey es una novela perdidamente romántica. Y es que el amor sigue moviendo el mundo.

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