Las fantasías eróticas son una inagotable herramienta de nuestra amatoria. Sin embargo, como tantos otros juegos del erotismo, están rodeadas de un halo de peligrosidad que no nos deja cultivar este modo personal de pasárnoslo bien. Desde esta idea he realizado el siguiente texto:

Fantasías: el erotismo invisible

A menudo pensamos que las fantasías eróticas son como un test de Rorschach, ese de las manchitas: que hablan de lo más desconocido y monstruoso de nosotros, de ese ser (“La bestia” lo llama mi amiga Teresa, siempre a dieta y siempre insatisfecha) que habita en nuestra mazmorra más profunda y que, una vez desatada, podría llevarnos a la aniquilación moral y física.

Además, con frecuencia creemos que lo que fantaseamos es lo que “realmente” somos. De manera que si Manuela se excita solo con pensar que la violan, o a Alfredo le entra hormigueo en la entrepierna cuando habla de erotismo anal… ambos pueden pensar que son unos pervertidos y preguntarse ¿seré “normal”?

Pero esa pregunta solo encierra numerosas fantasías sobre las fantasías. Para empezar, porque en cuestiones de sexo lo “normal” no existe. Igual que no existe una manera normal de contemplar una puesta de sol ni una manera anormal de degustar una manzana. Cada uno lo hace a su manera.

Para continuar, porque no somos lo que fantaseamos. Es decir, que las fantasías no expresan deseos reprimidos, sino que son una de las muchas maneras que el travieso Eros pone a nuestra disposición para que nos divirtamos. Eso significa que la fantasía no es “un consuelo”, un sustituto de la realidad. La fantasía no es la segunda división del erotismo, la guarnición del solomillo, sino que tiene valor en sí misma. Es todo un menú degustación.

Supongamos que te excita, pongamos por caso, imaginar que azotas a tu amante hasta provocarle dolor y arrancarle desgarradoras súplicas. Eso significa que te gusta imaginar precisamente eso, pero no que llegado el caso lo harías de verdad. Porque la imaginación tiene algo que la realidad no posee: una maravillosa falta de límites. Y es justamente esa falta de límites y esa riqueza de posibilidades lo que da un enorme carácter erótico a las fantasías.
Porque en tu mente puedes ser una puta o un transexual, una top model o un magnate del petróleo; acostarte con un amante cada noche, disponer de esclavas sexuales, tener un sex appeal irresistible, que las mujeres paguen por estar contigo… Es decir, ser lo que en realidad no eres, tener aquello de lo que careces. ¿No es fantástico? ¡Un Disneyland erótico, completamente gratis, a tu alcance!

Y es que en nuestra imaginación las cosas suceden exactamente como nosotros queremos, hasta el más mínimo detalle… cosa que no suele ocurrir en la realidad. Y eso nos proporciona enormes dosis de satisfacción y placer. Recrearse mentalmente en una orgía puede ser mucho más excitante que llevarla a cabo. O si no que se lo pregunten a mi amiga Laura, que animada por su penúltimo chico acudió a una… solo para darse cuenta de que en su cabeza el asunto era mucho más emocionante.

Si las fantasías multiplican por mil las posibilidades del juego erótico (a solas o en compañía), si hacen que nos excitemos muchísimo, si nos proporcionan enormes cantidades de diversión sin hacer daño a nadie… ¿por qué habría que eliminarlas de nuestra amatoria o censurarlas? Cultivémoslas y sumerjámonos en ellas. Porque, como sucede en Las Vegas, “lo que pasa en la imaginación se queda en la imaginación”.

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