Sí. O no. O según…

Lo cierto es que se trata de algo muy personal. Rosa disfruta exponiendo a Pedro la riqueza de su imaginario erótico. Pero, y Pedro… ¿se excita?, ¿se frustra?, ¿se siente presionado a hacer realidad sus fantasías?, ¿obligado a contarle las suyas?, ¿todas?, ¿solo algunas?, ¿siempre?… Solo él puede saberlo. Lo dicho, se trata de algo muy personal.

Porque, en realidad, en la erótica no hay normas (por mucho que nos gustaría lo contrario para conocerlas todas y “estar a la altura”) y en asuntos de sábanas, como en todas partes, la diversidad es la ley: hay quienes suben la temperatura a base de relatos contados al oído de otro, pero también hay quienes se sienten más cómodos, más seguros y espontáneos guardando esas fantasías en un cofre y tirando la llave al mar.

¿Es mejor una forma de hacer las cosas que la otra? No. En las artes de Venus, aceptar la singularidad es la receta para la satisfacción. Solemos dar por hecho que si a Manolo le gustaba oír nuestras historias, a Genaro le va a encantar también. Pero Genaro no es Manolo. Y Manolo no es siempre el mismo.

A menudo existe la creencia de que somos más “liberados sexualmente” cuanto más hablamos de nuestras intimidades. Y parece que el colmo de la liberación sexual es hacer en la cama todo lo que se nos ha pasado por la mente. Ay, pero las cosas no son así de lineales: la sexualidad está llena de curvas, matices, giros, recovecos, modos, revueltas… Por mucho que algunos se empeñen, no hay una manera de abordarla que podamos llamar “la buena”. Por eso el sexo es una gran aventura, porque pueden pasar miles de cosas cada vez.

«La sexualidad está llena de curvas, matices, giros, recovecos, modos, revueltas… Por mucho que algunos se empeñen, no hay una manera de abordarla que podamos llamar ‘la buena’»

Además, NO es obligatorio “estar liberado sexualmente”. Uno puede estar tan a gusto con su grado de liberación, sea del tamaño y la altura que sea, y nadie tiene derecho a decirle cómo debe sentirse con respecto a eso. Mi amiga Marta es feliz haciendo con su pareja siempre lo mismo y sin hablar demasiado del asunto. “Eres una reprimida”, le aseguran las que se consideran más lanzadas. “Nos tenemos muy pillado el tranquillo, y no nos hace falta más”, responde ella para zanjar el asunto. Y me pregunto: ¿por qué hemos de eliminar las restricciones de nuestra vida erótica? Si nos resultan familiares y son nuestro modo de pasarlo bien, no tendrían que molestar a nadie.

«Uno puede estar tan a gusto con su grado de liberación, sea del tamaño y la altura que sea, y nadie tiene derecho a decirle cómo debe «sentirse»

Pero hay mucha evangelización en esto de “liberarse”, y un capítulo importante de esta cruzada es establecer jerarquías y poner en el top ten de la redención erótica el contar las fantasías y hacerlas realidad. Se supone que eso aumenta el placer, une a la pareja, excita, libera… Pero no estemos tan seguros de que eso es así para todos.

¿Que te apetece contar a tu amante eso que imaginas? No problem. ¿Que no te apetece? No problem. ¿Que la cosa es según te dé? No problem.

Imaginar, escuchar, contar, callar… Todo sirve. No convirtamos en problema lo que no lo es.

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