El tamaño sí importa, por lo menos cuando hablamos de textos profesionales. Lo largo no se lee. Porque cansa, porque impacienta, porque no interesa lo suficiente. Por tanto, escribas lo que escribas:

 

     No desarrolles tus ideas más allá de lo que ocupa un pantallazo: nadie se va a molestar en seguir leyendo lo que dices… salvo que tengas una vida sexual envidiable, licencia para matar y conduzcas un Aston Martin. 

Ve al grano desde la primera línea: cuenta al principio lo que tengas que contar y luego arguméntalo o desarróllalo rápidamente. No hace falta más.

 

     No lo cuentes todo, solo lo verdaderamente importante o útil para tu lector.

 

     Si por algún mandato divino debes escribir un texto largo, por lo menos redacta párrafos cortos. Cada idea, un párrafo que no ocupe más de 20 líneas (es lo que recomienda el filólogo Daniel Cassany).

 

     Y si has de escribir párrafos largos porque el futuro de la Humanidad depende de ello, hazlo. Pero rellénalo con oraciones cortas, de esas que como mucho tienen una o ninguna oración subordinada.

 

Es decir, cuando escribas piensa siempre en tu lector: no le des la chapa, o acabará cogiéndote manía.

 

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