“Un buen drama es como la vida pero sin las partes aburridas” aseguraba el maestro del suspense, y creo que lo mismo puede decirse de un buen texto profesional: hay que escribir solo lo interesante. Eso implica:
 
          Empezar con algo fuerte.  Redacta tu texto, termínalo y luego quita los dos primeros párrafos –quizás los tres–. Lo más seguro es que sean malos porque, sencillamente, estabas calentando motores.  Divagabas.
 
          Contar algo inesperado. Qué poco sugerente es eso de “a estas alturas no hace falta decir que…”, “como todo el mundo sabe…”. Si ya lo saben y no hace falta decirlo, ¿para qué lo cuentas tú? Búscate algo emocionante, divertido o nuevo. Una palabra recién creada, una pequeña historia, un chiste gracioso, una imagen chocante, una pregunta retórica o una cita de Hitchcock, por ejemplo. Sin duda no un “llevo dos días sin Internet” o “la lluvia me deprime”.
 
          Introduce acción. O sea, usa verbos y sustantivos, que son los que crean historias. Empieza y termina los párrafos con ellos y organízalos en oraciones breves. Pon solo los adjetivos imprescindibles y deja los adverbios para los amantes de la prosa florida.
 

 

          Reserva algo bueno para el final. Este debería ser tan sorprendente que podrías intercambiarlo con el comienzo. Por cierto, ¿sabías que Hitchcock solo tenía un testículo? No, no es cierto: ese era Napoleón. Ah, bueno, y Adolf Hitler. Hum, ¿habrá alguna relación entre la falta de huevos y la necesidad de arrebatar a los demás las cosas por la fuerza?

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